Volvamos a los significados de la palabra amor, hoy para hablar de la gran emoción romántica que tanto alegra y perturba. Esa forma de querer que explotan las postales de San Valentin con cupidos rodeados de corazoncitos y disparando flechas por doquier.

Cupido es la versión romana del griego Eros, dios del amor y la fertilidad. Eros inspira la pasión sexual y el deseo, y para los clásicos, esta forma de amor también representaba los peligros de una emoción irracional que puede llevarte a la locura. “El doble del deseo es amor, el doble del amor es locura” decía el filósofo Prodicus allá por el siglo V aC.

A los griegos les asustaba entonces esa pérdida de control en la que Eros puede envolver. Esto parece lo contrario a lo que nos ocurre hoy. Muchos buscamos esa locura en nuestras relaciones creyendo que estar “locamente enamorados” es la clave para una relación perfecta.

Fue Eros el culpable de que Pericles abandonase a su mujer por Aspasia; también, de que la poetisa Safo escribiese sus odas eróticas desde su isla de Lesbos. Lejos de centrarse en los humanos, Eros también transforma a los dioses, sus homólogos. El promiscuo Zeus, por ejemplo, se transformó en cisne para seducir a Leda; animado por la excitación erótica, también se convirtió en toro para raptar a Europa e incluso, en un alarde final, se hizo nube para entrarle a la diosa Io. Las bestias más fabulosas caen también bajo el influjo de Eros, sino, que se lo pregunten a Polifemo, el tremendo cíclope, quien cayó inflamado por la ninfa Galatea, aunque no tuvo tanta suerte como Zeus, y ésta le envió a paseo sin mediar palabra. No sabemos, por cierto si unas rosas rojas lo hubiesen arreglado.

Hoy por hoy seguimos sufriendo y recordando esta forma de amor turbulento y renovador. Unos acaban en lágrimas, otros, incluso en hijos. Nuestro recuerdo de Eros puede estar repleto de sensualidad o tocado por la tragedia, pero, seamos sinceros, ¿Qué sería del amor sin una dosis de exótica pasión y de deseo?.

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